¿Adónde se irán volando las golondrinas?

Entre fines de marzo y comienzo de abril, y desde diferentes regiones del centro y norte argentino, estas aves migratorias se preparan para su viaje al hemisferio norte en busca del clima cálido.  En las chacras y terrenos amplios que rodean Larroque se las ve alimentarse al vuelo, almacenando energía antes de partir.

 

 

Hagamos memoria: antes de la llegada del servicio de TV por cable, es decir, cuando las siestas de verano de la niñez eran interminables porque la tele no siempre se veía bien ¿se puso alguna vez a contar cuántas golondrinas había en los rayos de aluminio de las antenas que poblaban el cielo larroquense?.

Luego, el trajín de la escuela nos envolvía en otras actividades menos románticas y más productivas, y cuando queríamos acordar ya no había pájaros para contar y así se nos terminaba al menos en nuestra imaginación, ese juego de competir con el vecino, a ver qué antena era la más “hospitalaria”.

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No todos advertíamos que a poco de arrancar el ciclo escolar, las distintas variedades de golondrinas que habitan en los meses cálidos en nuestra región, se marchaban -cuando el otoño ganaba terreno- en busca de otros calores, mucho más al norte, tan al norte, que algunas recorren más de 10.000 kilómetros, haciendo escalas para descansar de noche, hasta llegar incluso, el centro de Estados Unidos.

Otras eligen como destino el norte de Sud América y están las que desde la provincia de Corrientes cumplen con el compromiso anual de levantar vuelo a fines de febrero y tras un viajecito de 30 días, anidar entorno al convento de San Juan de Capistrano, en California, Estados Unidos. Hacia la primavera regresan a la zona de Goya para recomenzar el ciclo.

Cuando realizan la migración, alcanzan una altura de vuelo de hasta 2.000 metros y diariamente recorren tramos de unos 450 km, aprovechando las corrientes de aire que facilitan el viaje. Recorren Brasil hasta el norte, de ahí desvían hacia la península de Yucatán, en México y recién allí toman hacia el norte californiano.

Pero mientras están en estas latitudes, se reproducen, se alimentan (siempre en vuelo) de moscas, mosquitos, aguaciles y todo insecto volador sin aguijón. Crían la pichonada en nidos que construyen en barrancas de arroyos, en postes y hasta en edificios, (según la sub especie) para lo que usan barro y vegetales.

A falta de antenas de televisión para el reposo, recurren a la cercanía terrestre de los alambrados o -un poco más arriba, los cables del servicio eléctrico o telefonía. Cuanto más abajo están, más fácil será la tarea de los predadores.

Este año, en que la sequía golpea muy fuerte la región, puede dificultar un poco la llegada al destino final porque mientras permanecen en el lugar de anidación, luego de la cría, acumulan grasa hasta triplicar su peso y cuando alcanzan la meta habrán quemado todo ese combustible. Menos lluvia repercute en menos insectos, y por lo tanto, menos alimento.

Las fotos de Sergio Taffarel nos dan una idea de lo que podemos encontrar en nuestro hábitat. El talentoso cazador de imágenes nos cuenta: “Hay barranqueras, la primera de la que esta sola es parda, las cuatro que están sobre el alambra de púas y las del hilo de electrificación ceja blanca.

Y hablando de alambrados, que mejor “remate” que cerrar la nota con Eduardo Falú, primero hablando y después cantando a las golondrinas.