¿Dónde irán los sueños que soñamos y olvidamos?


Hay un lugar donde la intensidad deja marcas indisolubles en la memoria. Ese lugar es el de los años de juventud, donde se conjugan vitalidad, presente, energía y, sobre todo, sueños por cumplir.

Ese lugar es Gualeguay, al que evoco en los lejanos días de una María Esther de Miguel muy joven, apenas con doce años, pero ya con el experimento de vivir sola en una casa, otrora señorial, con vestigios de apellidos notables por razones que la historia se ha encargado de plasmar.

Me la imagino en sus pasos cortos, sin prisa, hasta la biblioteca, seguramente de pollera y zapatos, como siempre se la vio en innumerables fotografías que nos remiten a los días que se fueron. Allí tuvo que mostrar su cédula de identidad para que se convencieran de su edad y de que ya podía retirar ciertos libros. Parece una ironía del destino, cosa que después jamás le gustaría hacer, merced a la coquetería propia de los años y de una mujer con una vida vivida.


Detrás de toda historia oficial, hay una en primera persona, y esa, en el cruce de los caminos que se bifurcan, hizo que hace muy poco, los libros, me encontraran con Aurora Caprile, quien a sus 95 recuerda el viaje en colectivo que las traía de vuelta para recordar en un caluroso diciembre de 1968, los 25 años de egresadas de la Escuela Normal Ernesto A. Bavio en el querido Gualeguay. 

Aurora Cecilia Caprile nació en Gualeguay y, como muchas de estas mujeres, emigró a Buenos Aires para formar su familia y, años más tarde, desplegar su labor docente. Los festejos por los veinticinco años de maestras las unió en el viaje desde Buenos Aires donde compartieron desde una, no tan frugal, merienda de camino, a los agraciados días que vivieron entre la clase magistral que dictó el profesor, Escribano Jorge Miguez Iñarra, homenaje en el cementerio a los profesores y compañeros fallecidos, misa en la parroquia San José, sol en el balneario y cena en Sociedad Esportiva. Las fotos evocan plenitud y belleza de mujeres y hombres de poco más de cuarenta, dueñas y dueños de su propio mundo.

Años más tarde Aurora cuenta que leyó todos sus libros y, como en una cinta de moebius, donde las caras son dos y una al mismo tiempo, un día encontró su nombre en las páginas de Invitados al paraíso de María Esther de Miguel que su hija, Estela Zapulla le leía en voz alta. Así fue como nos conocimos.


 

Y es así que hoy, en un día transido de dolor para este Gualeguay que nos une, río y ciudad al mismo tiempo, pasos de veredas con grietas, muros grises de tiempo, se renueva el recuerdo de una fragancia que pasa, arrolladora, y en línea directa al cerebro y al corazón nos trae al presente aquella pregunta “¿dónde irán los sueños que soñamos y olvidamos: la casa en la cual quisimos vivir, el muchachito que despertó nuestras ilusiones y fantasías, estanterías de humo, volutas de nada, perdidas en la realidad que es dura y también durísima?”

Esa pregunta es también la mía, la de los pasos que resuenan en un caluroso pueblo, el de los amigos que “son como nosotros”, me dice alguien por estos días. Allí en Gualeguay también estudié en esa misma escuela, con un puñado de amigos, por calles desiertas, en bici o a pie, en noches de cenas y bailes, en el viaje de colectivo, en la radio, en el balneario y en donde seguramente también quedó algún amor perdido. 

 

 

La esencia de pueblo que nos une es la misma, la del mate y los amigos que te reciben y desde un primer momento ofrecen la cordialidad de la que hacen gala.

Esas mismas calles recorrería María Esther, años después para recordar, del brazo de una amiga, quién vivía por aquí y por allá, desde un progreso y un tiempo que nunca podrá borrar la memoria de la felicidad, esa, la de la juventud.

La memoria del pueblo está viva en la reminiscencia presente de nuestra María Esther de Miguel.

 1 de noviembre de 1925 – 27 de julio de 2003