Eduardo Lonardi, otro padre de la técnica que nos dejó


Falleció hoy a los 87 años. Fue un estudioso de los materiales y de la tecnología que aplicó al servicio de la industria y el campo larroquense durante más de 60 años.

Había cosas que solo él podía solucionar, porque su mente privilegiada, enfocada en desentrañar los misterios de las cosas, era como la gota que orada la piedra y la solución llegaba por esa mezcla de inteligencia, sagacidad y determinación con la que trabajaba.

Mucho antes de su lamentable partida, ocupaba un sitial en la historia de la tecnología larroquense junto a entrañables contemporáneos de su tarea, como don Raúl Vaskof o Pablo Broese.


En 2015, ya en el otoño de su actividad como tornero, llenaba sus horas con algunas invenciones que pintaban su personalidad inquieta. Habría recreado con elementos reciclados, un motor a estrella, como el de los aviones de la segunda guerra mundial, que llamaba la atención por su delicado funcionamiento.

Este tornero aplicado, cuya curiosidad por saber lo llevó a cursar y recibirse -por correo postal- de técnico en radio, cine y televisión, se fue silenciosamente. Gracias a Dios nos dejó parte de su sabiduría en algunos libros que tituló «tecnopráctica».

El primero de la serie incluye un cuento de su autoría, que define a Eduardo Lonardi, como un apasionado de la capacidad humana para inventar. Se llama «Yo, el Motor» y nos empuja a recordarlo con emoción y admiración por lo que hizo y por la huella que dejó.


 

“Yo” el motor

Aunque nací por obra de las manos del hombre,

él, aún no termina de entenderme.

Cada uno me juzga a su manera y así cree

cada cual entenderme

¿Sabes realmente quien soy?

¡Soy el rey de la fuerza!

Sí- y te contará de mí, lo que quizás nadie te haya contado ni conocido a fondo “nunca”

El hombre usa de mí, y yo respondo siempre fiel a sus mandatos-

siempre le obedezco, no sé desobedecer- no lo podría hacer nunca.

Aunque tengo mis fallas, que aún mi creador no termina de entender, has oído hablar tanto de ellas que te producen una impresión un tanto despectiva a lo que a mi concierne.

¡Más son en obediencia!

Las fallas que nombro son siempre en obediencia

ora a sus  propios errores, el hombre mi creador

ora obedeciendo a las leyes irreformables de NATURA en que impero

Más yo ayudé al hombre –A TI TE AYUDÉ!

aunque nunca me diste siquiera “gracias”

-Recuerdo: la vida del hombre antes que yo, era “muy dura”

El trabajo era agobiante, lento, pesado, agotador, a mano, sus fuerzas agotaban. “agonizaba la humanidad”

El mundo se les hacía inmenso, el mar “enorme” masas de aguas casi impasables. Su infinito prohibido cielo, sus distancias tremendas eran dificultades de un abismo infranqueable.

¡YO LO AYUDE!

Sí, yo lo hice, y a su mandato corté el mar, labré la tierra, volé los cielos. Salvé distancias…

Ordené al arado e hice un canto con mi sonar, al roturar el surco.

Su frescura llegaba al corazón llenándolo de deleite, transformando de un pesado ayer.

Conmigo el hombre se siente más acompañado, más seguro. –Yo alivio sus músculos en el rudo trabajo.

En el taller. En el campo. En tu casa…

Soy para el hombre su mejor y más fiel amigo.

En los momentos dulces o amargos.

En cualquier parte que me necesites, allí me encontrarás.

Más el hombre en su desenfrenado afán de conquistas y dominios, me usó como arma mortífera, pues un día decide ponerme alas. En mi nueva transformación me bautizó “avión de combate” y me hace entrar en CRUEL GUERRA.

¡Sabes que no puedo desobedecer!

Recuerdo entonces que “destruí como nunca”. Aquello fue espantoso. Lo más horrendo que mi memoria llora. ¡La humanidad no me lo perdonaría jamás!

Solo Dios sabe porque mio creador obra así.

Yo me sentí culpable, y juré pagar por aquel flagelo.

No hubo memorias, pero el flagelo vuelve, más ahora el hombre esta solo.

Una epidemia ensombrece la humanidad, y el hombre, indefenso, se siente solo y sufre ¡No se acuerda de mi, solo reza y en sus plegarias, el todopoderoso tiende a mí sus manos a través de la memoria del hombre a quien es ahora a mí quien manda.

Yo que tanto hice, que tanto ayudé, que luché y que tanto destruí, tampoco lo negaré ahora. Nunca dije NO ¡Nunca desobedecí!

Más aquello era muy difícil, era crucial para mí

Era muy largo y difícil el viaje.

Debía traer algo muy importante, a una distancia enorme para salvar vidas, ¡Debía hacerlo! y en tan poco tiempo.

No había ni para pensar en nada más.

Entonces encendí mi motor (YO ME ENCENDÍ)

Recuerdo que RUGÍ COMO NUNCA. Tomé altura CORTÉ el cielo con todas mis fuerzas, ¡mis poderosas fuerzas! y llegué a destino, aquel que el creador me encomendara y volviendo con esa preciada carga, con mi rugir, “me esperaban”.

Rato más tarde, todos agradecían mi obra. –Más yo el Rey de la Fuerza, allí estaba “inmóvil” ¡sin fuerza ya!.

Con mortal fiebre, mi cuerpo quemaba y corrían ardientes negros lagrimones.

Los especialistas me diagnosticaron “atascamiento por sobrecarga”

-Más ¡Déjalos! ¿No sabes que soy como el ave fénix?

-¡VOLVERÁ1 volveré por ti, por la humanidad.

Los acompañaré hasta el fin de sus días. Pagaré por aquella horrenda destrucción que hice.

-Tú, ahora finita creatura que me conoces, ¡Cuídame! siempre te acompañaré, hasta quizás cuando tengas que irte; quizás sea yo el que iniciaré hacia el viaje del más allá, hacia aquella felicidad que solo tú, creatura de Dios podrá disfrutar.

– Yo te contemplaré complacido desde mi mundo.

YO TU MOTOR.

Por Eduardo Lonardi.