El desafío urgente de una generación: una revolución de las pequeñas cosas

Por Luciano Román

30 de abril de 2019
Hace años soñamos con «el milagro», «la salvación», «el pase de magia» que devolviera a la Argentina al lugar de dignidad, oportunidades y desarrollo que perdió hace décadas. Quizá sea hora de aceptar que esos milagros no existen. Y de empezar a pensar en qué podemos hacer cada uno de nosotros (los que tenemos hoy entre 30 y 50 años) para reconstruir la Argentina.

Somos una generación desilusionada y desencantada. No lo somos porque sí. Llevamos en nuestro ADN las marcas del fracaso argentino. Hemos crecido en un país que rifó sus fortalezas, se descuidó a sí mismo y entró, en los últimos cincuenta años, en una espiral de decadencia que arrasó casi con todo. Nos quedamos sin educación pública, sin instituciones sólidas, sin moneda y casi sin reglas de convivencia. Y así se instaló una cultura de «sálvese quien pueda» que ha debilitado los cimientos de la Argentina. El escepticismo puede tener (y de hecho tiene) muy buenos fundamentos. Pero no podemos resignarnos. Por algún lado tenemos que empezar. Y tenemos que hacerlo nosotros, porque creer que nos va a salvar un gobierno es creer, precisamente, en el milagro imposible. No hay gobierno que salve a un país que no se salva a sí mismo.

El gran desafío de nuestra generación quizá sea el de recuperar el espíritu constructivo y la vocación de diálogo. La grieta no es solo un ejercicio de contraposición y antagonismo político. Es algo peor: una cultura destructiva que se regodea en el conflicto y se empeña en la demolición de cualquier entendimiento. Es una cultura que, con perversidad, ve en el acuerdo y en el diálogo una forma de claudicación y un síntoma de debilidad. Esa cultura ha infectado nuestra vida cotidiana.

La grieta, mucho más profunda que la política, se nos ha metido en los grupos de padres, en los consorcios, en las relaciones de vecindad. Nos cuesta ponernos de acuerdo aun en cosas insignificantes. Derrochamos energías hasta para discutir las inscripciones en los buzos de egresados de nuestros hijos. Hemos cultivado una pasión por el desacuerdo que dificulta o impide la construcción colectiva.

Si creemos que en esa pasión hay compromiso, miremos los resultados: somos una sociedad cada vez más fragmentada, más hostil, más áspera. Si no empezamos por revisar esa cultura y si no nos hacemos cargo de la parte que nos toca a cada uno, será muy difícil que podamos torcer el rumbo de una Argentina extraviada.

El espíritu constructivo no es una noción abstracta. Se ejercita en la dimensión de nuestra vida cotidiana. Es el espíritu con el que nuestros abuelos inmigrantes cimentaron lo mejor de este país y es un espíritu que (hay que decirlo) tampoco ha desaparecido del todo. Se trata de rescatarlo y convertirlo en una marca de época. En la Argentina de la decadencia, se han debilitado los compromisos comunitarios.

¿Dónde están las cooperadoras escolares u hospitalarias, los centros de exalumnos, las organizaciones de voluntarios, las sociedades de fomento? Muchos sobreviven, pero sin el vigor ni el protagonismo que tuvieron en aquel país más cohesionado que perdimos en el camino. Han surgido otras organizaciones de la sociedad civil (muchas valiosas, por cierto), pero no tienen el alcance ni la solidez estructural de aquellos sistemas de cooperación comunitaria. Es evidente que la cultura de la grieta (concebida más allá de lo político) ha sido un factor determinante.

Instituciones fundamentales, como la escuela y la universidad públicas, han perdido pluralidad y amplitud. Se han vuelto más cerradas y endogámicas, al punto de anestesiar el debate interno, estigmatizar las discrepancias y ahogar la libertad de pensamiento. Aun en la «era de la transparencia», se han desconectado de sus comunidades, quizá para esconder sus propios fracasos.

Para una mejor Argentina no se necesita un líder; se necesitan liderazgos, que es otra cosa; se necesitan decenas de miles de líderes, que no son ni jefes, ni dueños, ni burócratas con atribuciones, ni punteros, ni uniformados; son ciudadanos con espíritu constructivo, con vocación y con pasión, con generosidad y sensibilidad. Son ciudadanos que reconocen al otro, que tienen convicciones pero no se creen propietarios de la verdad. La Argentina posible quizá sea la que pueda estimular esos liderazgos, ese espíritu. Y la que pueda recuperar la cultura del esfuerzo, la visión de largo plazo y el valor del mérito.

Quizás el mayor desafío no esté en las grandes transformaciones, por cierto necesarias. Quizá nuestra generación deba plantearse una «revolución de las pequeñas cosas», guiada por la ideología del sentido común. Podrá carecer de épica, pero no de ambición. Tenemos que recrear una convivencia más armónica, una forma menos hostil y agresiva de vivir nuestras ciudades, una noción de normas y de civilización. Tenemos que concentrarnos en construir, no en destruir; en poner menos ardor en el debate agresivo, chabacano e insustancial de las redes sociales, para discutir las cosas que valen la pena. No podemos ser la generación que se hace la guapa en Twitter descalificando al otro, mientras se calla la boca (por ejemplo) ante la degradación de la educación pública.

Tenemos que rebelarnos frente a la cultura de la grieta, para establecer acuerdos como los que rigen en aquellos países (casi todos) en los que se vive mejor que en la Argentina. No podemos seguir discutiendo si está bien o mal cortar una calle, un puente o una autopista para un reclamo sectorial. No podemos seguir discutiendo si está bien o mal que los estudiantes tomen los colegios o si es aceptable que los chicos sean rehenes en el conflicto sindical de sus maestros. No podemos seguir discutiendo si los barrabravas pueden entrar a la cancha, si los motociclistas tienen que usar casco o si los fallos judiciales se deben cumplir.

El desafío de nuestra generación quizá sea, también, el de distinguir aquellas cosas que ya no admiten discusión. Estar a la altura de nuestro compromiso es, al fin y al cabo, elegir los debates que valen la pena. Y encararlos -otra vez- no con la vocación de demoler al otro, de aferrarnos a dogmas y defender el statu quo, sino con la grandeza del que puede escuchar, del que es capaz de ceder y del que logra, así, construir algo mejor.

Reparemos en nuestras cosas más cercanas. Nos parecerán pequeñas, quizás insignificantes, pero es posible que en ellas encontremos claves de una degradación más profunda. Habitamos ciudades, por ejemplo, en las que ya no se barren las veredas. Se dirá que eso es consecuencia de la inseguridad, de la falta de tiempo (un mal de nuestra época) y hasta de los cambios de hábitos. Pero es un síntoma de la falta de compromiso con el espacio público, la misma falta que degrada los vagones de los trenes, las plazas y los parques, el mobiliario urbano; síntomas, a su vez, de la anomia de un país que declama la solidaridad pero practica el individualismo patoteril.

Con la revolución de las pequeñas cosas no resolveremos, seguramente, todos los problemas. Pero, aunque parezca ingenuo o voluntarista, quizás empecemos a reconstruir un sistema de convivencia. ¿Hay algo más elemental en una sociedad civilizada? Quizá empecemos a hacernos cargo y a dejar de creer en salvaciones milagrosas. Está en nosotros dejar de ser la generación resignada para asumir, con entusiasmo y esperanza, el desafío de hacer mejor las cosas. Al fin y al cabo, la Argentina es nuestra responsabilidad.

Periodista y abogado

Por: Luciano Román/La Nación