La Estación que nos une

Sergio Kneeteman, secretario de gobierno durante la intendencia de Fabio Larrosa pero también su amigo, puso en contexto una mirada muy larroquense sobre el predio municipal que desde este domingo primero de diciembre llevará el nombre de quien luchó por crear ese espacio público y convertirlo en el eslabón que une a la comunidad.

Cuando las lluvias fuertes y repentinas nos sorprendían a la salida de la escuela, atravesar la Estación en dirección a la casilla de Obras Sanitarias no era tan complicado. Difícil era si tenías que ir para el lado del Comedor de Pereyro. Fabio me contó que algunas veces no logró acertarle a ninguno de los dos durmientes sumergidos, que hacían las veces de precario puentecito, y que estaba ubicado “del otro lado de las vías” para que pase por debajo el agua que drenaba para el lado de lo Eulalia Molina. Nucha no le decía nada, porque sabía que ese era un accidente esperable, al que estaba destinado un hijo que vivía del lado nuestro del pueblo.

Las discusiones sobre los privilegios de vivir “de este lado de la vía”, que por supuesto era “el centro”, y el desprestigio de vivir “del otro lado” que era el del margen oeste, eran habituales argumentos para confrontaciones infantiles. La vía del tren siempre fue una barrera de separación, para nuestro pueblo joven.

“Nosotros no vivimos del otro lado de la vía, para nosotros son ustedes los que viven del otro lado” Con esa frase intentábamos defendernos de las cargadas descalificadoras. Pero éramos conscientes que era un desarrollo argumental débil. Era convención aceptada por todos que “este lado” era donde estaba el centro del pueblo, los principales edificios públicos, la mayor parte de la población.

“¡Qué vas a comparar lo Beracochea con el Hospital! Uno es un sanatorio privado, ahí van algunos pocos que tienen plata, al Hospital vamos todos. ¿Y del Banco Entre Ríos, qué me decís? ¿Y de Obras Sanitarias, que por otro lado dicen que pronto se va a transformar en una Cooperativa, y que van a sacar los sifones, y que vamos poder dejar de acarrear agua en baldes, porque vamos a tener canillas en las casas? ¡Decime de qué lado está todo eso!”

Igual, era imposible ganar la discusión. Casi todo estaba en el lado de ellos. La Municipalidad, las escuelas, los clubes, el Correo, el Registro Civil, la Plaza, los lugares de expendio de combustibles (lo Eusebio Benitez y la YPF de Carboni). ¡Qué íbamos a comparar la Capilla María Auxiliadora con la Parroquia…! Siempre terminaban teniendo razón. Siempre nos terminaban ganando, por robo, en las comparaciones. ¿Y si cuando perdías la discusión, encima te tocaba cruzar las vías con un tren de carga parado que, por otro lado, era lo más probable que pase, justo a la salida de la Escuela? Eso era más humillante todavía. Nosotros les decíamos que era una muestra del coraje de los que vivíamos de este lado. Y que incluso algunos solían esperar a que la locomotora toque la bocina anunciando que empezaba a moverse, para recién tirar el portafolios al otro lado, y agacharse para cruzar en cuatro patas, entre las ruedas de un vagón y el otro.

Nuestras madres siempre nos decían que los que nos tocaba vivir del otro lado, estábamos más expuestos a posibles accidentes con los trenes, porque pasaban a cada rato. Y si no me creen, recuerden lo que le pasó a Don Lucas, frente al Colegio Nacional.

Tener la Laguna de Muga de nuestro lado sí era una ventaja. Ellos dicen que en lo Geli se sacaban hasta taruchas. No lo sé. Sí puedo asegurar que en lo Muga sacábamos bagres negros y anguillas. Y por supuesto era mucho más fácil agarrar ranas del lado nuestro, acá había muchas más. Y también teníamos muchos más cabecitas negras para cazar con las trampas. Estaba lleno, cerca de los galpones para cereales de la estación, bien frente a lo Fabio.

Recién cuando se construyó el Barrio María Auxiliadora y el Plan Alborada empezamos a ser competitivos en los partidos de fútbol. Vinieron muchos chicos que antes vivían del lado de los otros. Empezamos a ser muchos más.

Pido disculpas, porque es probable que hoy, en la era de las comunicaciones, de la cercanía que permite la tecnología, pueda ser juzgado como un exagerado al recordar algunas de los problemas a los que estaban sometidos los pueblos que, como Larroque, eran partidos al medio por las vías del tren.

Los mismos caprichos de la vida que, al igual que a Fabio, me hicieron crecer de “aquel lado de la vía”, de grande me hicieron colaborar con el Intendente Fabio, un tipo contagiado del síndrome indeleble, casi obsesivo, que padecíamos los de “aquel lado”. Pero él tenía un plan para solucionar el problema.

Cuando asumió, un grupo de vecinos ya se habían organizado y se habían autoproclamado “Amigos de la Estación”. Junto a Fabio discutieron y proyectaron ideas para preservar un símbolo del pueblo, que había perdido utilidad como transporte ferroviario, pero no como lugar emblemático.

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“Ahora que los terrenos de la Estación son municipales, tenemos que lograr que dejen de ser lo que nos separa, para transformarlos en el pulmón que una al pueblo, para siempre”. Cada vez que le permitían hablar de sus desveladores sueños urbanísticos para desarrollar Larroque, Fabio se entusiasmaba: “Tenemos que construir una pista para que la gente camine. La Sala de Teatro con la que tanto soñó el Cura Paoli. Un Salón grande para los festejos del Pueblo. A la vieja casa de Avero se la tenemos que dar a los Scouts, porque la necesitan, y porque nos van a ayudar a generar conciencia para cuidar el Parque. Y vamos a construir también canchas iluminadas para hacer deportes. Y juegos para los chicos. Y un escenario al aire libre para los eventos” Y Fabio era obstinado: logró el sueño de derrotar tanta separación. Y alcanzó a ver el Parque, lleno de gente disfrutándolo.

Y disculpen la arrogancia. Les digo con orgullo, aún a riesgo de no poder disimular la obcecación que puede dejar al descubierto mi costado secesionista, que tuvo que ser Fabio y no otro, un intendente que se crió “del otro lado”, al que se le ocurrió la idea brillante. Es justo que el Parque de la Estación lleve su nombre. Y permítanme una petulancia más: me enteré que el cartel que lo va a recordar, va a estar del otro lado de la vía. Otro acto de Justicia.