La finca «con catarata al fondo» donde Raúl Beracochea reconvirtió su perfil emprendedor

Pasó de la actividad petrolera a dedicarse a tiempo completo a la finca salteña en la que produce cítricos, mango y palta. El campo limita con tierras fiscales, donde nacen las sierras subandinas y por un camino de selva se llega hasta un salto de agua, que cae desde una hendidura en la sierra de unos 30 metros de alto.

 

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Lo que iba a ser un campo para el descanso familiar los fines de semana se transformó en un medio de vida luego de finalizada su actividad como geólogo al servicio de sus emprendimientos pretroleros.  Además, ahora jubilado de su actividad docente universitaria, pasa algo más de tiempo en esa finca, que actualmente suma 115 hectáreas, donde crecen variedades de mandarinas y naranjas que son las primeras que se cosechan en el país.

Eso le permite colocar las cosechas a un mejor precio y abastecer el mercado regional y nacional mucho antes que el resto del país.

La finca Capiazuti del hijo del Doctor Carlos Beracochea, está ubicada a 3 km de la localidad de Aguaray, Departamento San Martín, Salta, en el límite con las Sierras Subandinas, y es la única finca productora de frutas que se encuentra al norte del río Bermejo. Frente al portón de entrada pasan las vías del ramal Belgrano Cargas.

Por la chacra pasa el cauce del arroyo Capiazuti, que es utilizado para el riego de las plantaciones. En uno de sus tramos, ubicado a unos dos kilómetros del campo de Beracochea, existe una verdadera joya de la naturaleza al que se accede por un camino que lleva a una especia de hendidura o quebrada dentro de las sierras.

Allí está el salto de agua al que han denominado simplemente «el chorro», que cae de una altura de unos 30 metros, cuya persistencia a través de miles de años ha generado una importante erosión en las rocas que rodean a la caída de agua.

Este es un atractivo de la zona que muchas personas visitan y aprovechan para tomar fotos y videos. El recorrido que solo se hace a pié, es algo sinuoso y complicado por la vegetación, las piedras y las subidas y bajadas de la quebrada, pero llegar al final y toparse con la cascada, paga cualquier esfuerzo. Para Raúl Beracochea es como tener su propia catarata en el patio trasero de la casa.