Lolo Sartori: “No hay cosa más linda que lograr lo que uno se propone”

Lo invitamos a escuchar una charla con un luchador de la vida, maestro de metalúrgicos y un sabio en todo sentido. Recordó su actividad industrial, sus frustraciones y las cosas que consiguió a fuerza de constancia y creatividad.

 

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Seguir, seguir. A los casi 88 años Luis Sartori, radicado en Gualeguaychú desde hace cinco años, tiene esa idea fija cuando se le pregunta qué le quedó pendiente. Tiene una larga trayectoria como metalúrgico trabajando para el campo y la ciudad, y los vaivenes de la economía y de la vida lo hicieron tropezar y levantarse varias veces hasta que la edad del cuerpo y la diabetes le cortaron una pierna, pero no el espíritu ni esa mente brillante que sigue pensando en qué hubiera sido si….

Esa idea atravesó toda la charla que tuvimos con Lolo, en la casa de una de sus dos hijas entre quienes reparte su cariño y compañía, Zulma y Nidia.

En su palmarés tiene el haber generado una de las primeras empresas metalúrgicas de la ciudad que proveyó a instituciones como el club Central y Sportivo de las estructuras que hoy forman sus salones principales y al municipio su corralón de herramientas. Son tres ejemplos de los -más o menos- 60 tinglados que Lolo contabiliza en los trabajos de TAMES (Taller Metalúrgico Sartori) que comenzó en la chacra “en la curva de lo lolo” y que siguió en un galpón de avenida Urquiza hasta radicarse en la cuchilla, cerca del acceso a la ciudad, donde un nuevo declive económico le puso fin a la historia empresarial.

Arados de cincel, cabinas de tractores y tareas afines a la demanda agrocomercial constituyeron la manufactura de aquella industria. Pero también algunas reformas de autos y una creación que comenzó de cero y que terminó pareciéndose a una Fiat 125, fabricada para un familiar.

Esos son recuerdos que brotan con profusión de quien integra la misma constelación de estrellas pioneras de la técnica larroquense de la que forman parte Victoriano de Miguel, Mario Kneeteman, Raúl Vaskof, Horacio Galdós y Pablo Broesse a quienes Lolo admira por haber sido contemporáneos y fuente de consulta e intercambios, próceres que contribuyeron al desarrollo económico de Larroque.

Por eso le parece justo que la escuela técnica haya homenajeado a todos ellos y que la elección del nombre haya recaído en ” el gringo”.  También habla con emoción de Eduardo Lonardi con quien comparte largas conversaciones telefónicas donde añoran los años de oro de ambos y en las que se animan a seguir desafiando la imaginación y los límites de lo posible.

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