Personajes que marcaron a fuego la historia cultural de Larroque


Larroquenses, de nacimiento o por adopción, destacados bajo la lupa de Roberto Romani, asesor cultural de la provincia de Entre Ríos.

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Annemarie Heinrich, María Esther de Miguel, Faustino Suárez y su esposa Dorila, el padre Alberto Paoli Lovera. A todos los une ese punto en el mapa del sur entrerriano ubicado entre Gualeguaychú, Gualeguay y Urdinarrain. Desde ámbitos diferentes y por motivos diversos, generan orgullo.


Para desentrañar a cada uno de estos personajes oriundos de Larroque, Mirador Entre Ríos entrevistó a Roberto Romani, asesor cultural de Entre Ríos, y nacido, justamente de esta ciudad entrerriana.

-¿Si tuvieras que armar un grupo selecto de larroquenses que por algún motivo se hayan destacado, a quiénes incluirías y por qué?

-Son numerosos los protagonistas destacados de la vida larroquense, pero algunos merecen un capítulo especial. Entre ellos, Faustino Suárez, cordobés, que junto a su esposa Dorila, puso en marcha el primer proyecto educacional, en marzo de 1911, es decir dos años después que las paralelas de hierro permitieran el paso del primer tren por el antiguo Kilómetro 23.


También merece un recuadro el padre Alberto Paoli Lovera, sacerdote que desde 1959 y hasta su muerte, en agosto de 1993, fue pastor de almas e inquieto trabajador del aula y del teatro. Yo me arrimé a su espíritu creador a poco de llegar a Larroque desde Pehuajó Sud donde vivíamos con mi familia, y prontamente me incorporé al Conjunto de Aficionados de Teatro Experimental, entidad que nucleaba a todos aquellos ciudadanos con inquietudes artísticas. Después con Teresita Luque lo acompañamos en la fundación de la Escuela Parroquial de Arte Escénico (hoy Escuela Municipal, con notable vigencia).

Entre las mujeres voy a mencionar dos: María Esther de Miguel, una extraordinaria creadora desde los géneros del cuento y la novela histórica que también gravitó con solvencia en el campo del periodismo y en la función pública, particularmente cuando se desempeñó con notable compromiso en el Fondo Nacional de las Artes, durante el gobierno de Raúl Alfonsín.

Desde sus primeros títulos («La hora undécima» o «Los que comimos a Solís») la impronta de María Esther fue decisiva para que editoriales de gran prestigio en la Argentina la invitaran a formar parte de sus proyectos literarios.
Su actividad en la tarea organizativa de la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires como sus numerosas conferencias, dictadas en grandes escenarios como en sencillos salones de escuelas y bibliotecas populares, hicieron que su nombre trascendiera los límites de la provincia a incluso del país para convertirse en una referencia ineludible para la literatura del continente.

En este sentido, la actual presidenta de la Biblioteca Popular de Larroque, Daniela Churruarín, ha publicado un interesante trabajo sobre la vida y obra de nuestra querida y admirada escritora, que como se sabe decidió descansar eternamente en el cementerio de nuestro pueblo a escasos metros donde levantó las paredes de La Tera, su casa, donada a la Municipalidad local en un gesto que la ennoblece.

Otra mujer que merece nuestro recuerdo y gratitud es Annemarie Heinrich, auténtica pionera de la fotografía artística de Argentina, que si bien no nació en Larroque, llegó al pueblo cuando tenía 14 años. Se radicó con su familia recién llegada de Alemania y recorrió con su tío Karel, también fotógrafo, polvorientos caminos del sur entrerriano, descubriendo de este modo la vocación artística que la llevaría a consagrarse en Buenos Aires y el mundo con inconfundible personalidad. Los retratos notables de personalidades de la literatura, del espectáculo, del cine o la televisión, tuvieron su firma. En el Museo Nacional de Bellas Artes, en el Museo Nacional del Cine o en el Museo Mundial del Tango, vive su magia. Desde su atalaya despierto en Villa Ballester hasta su estudio en Callao y Las Heras, respiran los habitantes de la memoria.

La tierra de uno, nunca se olvida


-¿Qué crees que tenga de especial tu pueblo, qué significa para vos?

-Yo nací en Larroque, en la casa de los abuelos Juan Pedro y Agustina, donde había funcionado la primera escuela del pueblo. A los pocos días me llevaron al campo, y allí residí los primeros 15 años. Cuando regresé a la brisa del pueblo natal lo descubrí en toda su dimensión. Lo mismo me ocurrió cuando el segundo regreso, después de haberme recibido en La Plata de Licenciado en Ciencias de la Información.

Fue cuando comprendí la verdad de sus silencios, la madreselva de su olvido y el encantamiento de sus calles de tierra. Ya no volvieron los trenes risueños que despertaban su madrugada y se llevaban a sus hijos con rumbos inciertos. Pero en la vieja estación, una señal de distancia todavía advertía al viajero de las horas sobre una locomotora de vida, mientras el abuelo se divertía con el caballo blanco, buscando la frescura de la noria del tiempo. También entendí que todavía cantábamos y que podíamos gritar toda la alegría desde el mismo aliento del monte cercano, toda la confianza de sentirnos hermanos, más allá de los límites de la tolerancia, más allá de los triunfos y grises fulgores.

Hoy, muchos años después de aquella centellita de ternura, estoy seguro que los duendes azules de la infancia larroquense saben que siempre estaremos despertando zorzales, apresando crepúsculos, despidiendo amigos, inventando sociales; muriendo un poco cada domingo. Saben, que en el momento del adiós, alzaremos la dicha, en la postal perdurable de la comarca del alma.

-Además de las personas destacadas, destacables, intuyo que debe haber también historias maravillosas…

-Cuando llegaban «los Palito» con su musiquita comenzaba la noche larga del carnaval en Larroque. Los humildes gallardetes y las espaciadas luminarias de «la veinticinco» se convertían en la explosión festiva para el desfile de la
algarabía, y los disfraces extravagantes del pueblo chico. Los mayores, repitiendo la ceremonia de los estivales encuentros al aire libre, acomodaban sus huesos y la expectativa en torno a la pasarela ruidosa. Los niños, en la inauguración milagrera del agua y la serpentina, corríamos tras la mascarilla exagerada, por las anchas veredas del Club Central. A la distancia, un desordenado contingente todavía reclamaba a los uniformados, la autorización pertinente, para enmascarar las estrellas de febrero y dibujar una sonrisa de colores.

Cuando se iban «los Palito» con su musiquita, volvía el silencio. Y todos en Larroque nos despedíamos hasta el próximo cuento de hadas.

Fuente: miradorprovincial