Una nostálgica dosis de cosas nuestras en los 110 años de Larroque

Hoy revivimos unas reflexiones escritas por Jaime Benedetti para Periódico Acción hace 10 años, cuando nuestra ciudad llegó al centenario. «Traté de recordar esos conceptos que no son los nombres ni los apellidos de tanta gente querida, pero son las palabras que siempre usamos y siempre llevaremos con nosotros los larroquenses». También compartimos un video de Analía Duarte realizado para aquella ocasión.

 

Cien años: diez veces diez; veinte veces cinco; cincuenta veces dos; o cinco mil doscientos diez sábados, lunes o domingos, quien pudiera abarcar tantos días, tantos números: matemática pura. Pero no importa cuanto, importa más donde, quienes o cómo. Como pasaron estos años en mi pueblo, que, a diferencia de otros no pasó hambrunas, ni pestes, ni guerras.

En el mundo aparecieron aviones, y radios y televisores, y se desataron crisis, dos guerras, bombas atómicas, revoluciones, los Beatles, el comunismo, el hombre en la luna, la guerra fría, y el muro que luego cayó. Y en el país pasaron muchos gobiernos, y hubo pestes, bonazas y crisis, golpes, dictaduras y hasta una guerra. Y a Larroque algunas de esas cosas llegaron, otras no, pero el pueblo siempre nos cobijó a todos, a los que nacimos en él y a todos los que llegaron desde cerca o desde países extraños: en el balance podemos decir que somos muy afortunados.

Aquí, en el sur entrerriano, lejos de las grandes ciudades, pasó el tiempo, pasaron muchos trenes, carros, después autos, algún avión, y pasó mucha gente, hombres, mujeres, padres, abuelos, hijos, nietos, niños, adolescentes. Pasaron inviernos muy fríos y lluviosos, y nevó en Larroque, y pasaron veranos calurosos, otoños y primaveras.

Y el tiempo pasaba despacio. Pasaba, como en todas partes, en casa, o en la de parientes o amigos, en la vereda, tomando mate, en el trabajo, en los bailes. Pero mayormente pasaba de la manera que sólo pasábamos en Larroque, en los lugares para los que teníamos un nombre genérico que transformábamos, por su uso, en nombre propio: en «La Kermes», en «Las Patronales», en «El Salón Parroquial» asistiendo a alguna «Obra», con el ruido de «La Usina» o el bullicio de «La Propaladora». A veces, llegábamos al «Radar» o íbamos a «El Cementerio» para el día de todos los muertos. O pasábamos esperando una «Conferencia de larga distancia» en «La Central».

Pasábamos en «La Escuela Grande» o en «La Escuela Chica», o en «La Escuela de las Monjas», en «El Nacional» o en «El Comercial». En «La Confi», en «El Corso», en «La Cuchilla», en «La Estación» o en «La Plaza». En «El Correo», «El Cine», «El Hospital», «El Banco» o «El Peladero». En «La Terminal», «El Molino», «El Matadero». En «Los Silos», en «Las Instalaciones» de remate o en «La Cosecha», en «La Junta», después en «La Muni», en «Central» o en «Sportivo», en «El Papi» o en «El Poli», en «La Iglesia» o en «María Auxiliadora», en «Las Carreras» (de caballos, de motos, de autos, y hasta de perros), en «Palo a Pique» o en el «Arroyo de las Piedras».

 

 

Y, como en todo pueblo, nos conocíamos todos -hasta los vecinos más anónimos- y teníamos -tenemos- muchos personajes, y muchos dichos, historias, chismes, y también muchos, pero muchos, sobrenombres. Este lenguaje común, también nos unía -nos une- porque seguramente en otros pueblos también habrá estos lugares, pero en Larroque sabíamos que «La Junta» no era «La Primera Junta» y que «La Cuchilla» era el lugar que es y no un arma blanca, y que teníamos una «Escuela Chica» porque había una «Escuela Grande». Y, a diferencia del pueblo al que le canta Serrat en el que «por no pasar ni pasó la guerra», en Larroque, nosotros tuvimos nuestros propios escándalos: accidentes, incendios, robos, homicidios, suicidios, infidelidades y otras desventuras, pero muchas más hazañas de las cuales sentirnos orgullosos.

Para estos cien primeros años, para no cometer omisiones, traté de recordar esos conceptos que no son los nombres ni los apellidos de tanta gente querida, pero son las palabras que siempre usamos y siempre llevaremos con nosotros los larroquenses, y quería recordar sin nombrarlos a los pobladores de mi querido pueblo. Y traté de rescatar con la memoria las palabras comunes que claramente nos distinguen y que de alguna manera nos conforman.

Para esto no importan los años, las noches, las semanas, las siestas o los días, pero a veces la fría matemática, aliada con el implacable tiempo, nos señala un número que nos convoca para desempolvar estos recuerdos: el centenario. Entonces bienvenidos los números y el tiempo que nos hacen rememorar, una vez más, nuestro inolvidable pueblo.