
Volver la mirada hacia María Esther de Miguel a 21 años de su fallecimiento
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2003 -27 de julio – 2024
El próximo año se cumplirá el centenario del nacimiento de María Esther de Miguel. La fecha nos interpela sobre la mirada hacia su obra en el sentido extendido del vocablo. Nos referimos, en lo preciso, a su producción de ficción –novelas y cuentos- como también a su obra crítica –crónicas y crítica literaria. Pero hay algo más, la generosa donación de su casa personal a Larroque, un 9 de julio de 1998, gesto que completa su prédica sobre el gesto de devolver a la sociedad parte de lo que se ha recibido.
El 27 de julio de 2003 llovía copioso, como ha ocurrido también en cuantiosas oportunidades en que la recordamos en este día, con el pesar de la pérdida de una mujer muy valiosa para la cultura, y por supuesto, se descuenta, en especial para nuestro pueblo.
Los años han transcurrido y se hace imperioso volver la mirada sobre sus textos, su labor, su pensamiento, su hacer, y también sobre lo que nos incumbe en materia de patrimonio y, por ende, en la memoria.
Su figura trascendió los límites del pueblo, de la provincia, del país. Se formó en el campo literario y del periodismo; ejerció y multiplicó su afán lector en todas sus formas: los consejos y promoción a los que van llegando al terreno de la escritura, sobre todo a los del interior – a quienes cuesta mucho más-; acompañó a autores y presentó sus obras, participó de seminarios, encuentros con los libros en todo nuestro país, y en los vecinos también, se relacionó con quienes la antecedieron, con sus contemporáneos y con los recién llegados.
No dejaba jamás de responder que sí a todo convite. Fue criticada también, quién no, en este campo tan afecto a amores y odios. Pero lo innegable es que sus libros fueron muy leídos, y que ella fue una lectora voraz.
Fue, también, una mujer comprometida en la esperanza y el optimismo del regreso a la democracia. No esquivó ningún tópico sobre la mujer: el trabajo doméstico, la violencia del hogar, la familia, la educación, el amor, el deseo, los derechos. Sus cuentos, es especial, hacen gala de la ironía que media entre ser y parecer.
En una de sus crónicas, María Esther nos invita a volver la mirada sobre nosotros: “¿Cuántos conocemos el lugar en el cual vivimos? No digo esa referencia que tenemos de las cosas de acuerdo a sus nombres: el edificio tal, la plaza cual, la calle mengana, el barrio zutano. No.
Tampoco hago hincapié en ese conocimiento que da la suma de reflejos que nos permiten trasladarnos holgadamente de un lugar a otro sin equivocarnos, a fuerza de costumbre o hábito. Me refiero o quiero llamar la atención sobre ese conocimiento que da la contemplación, el paladeo de un lugar, el placer de una mirada demorada. Quiero decir: la operación de comunión que media entre el que mira y lo que es mirado. Sospecho que mal que nos pese, todos estamos en falta.”
Las sospechas de María Esther nos invocan y convocan en este presente, y como toda cultora del arte, lo hace con la estética que nos seduce y con la sabiduría que luce con la mayor elegancia. Y por supuesto, con sus ojos arrolladores, quién podría decir otra cosa.





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