



“Mi papá le compró a mi hermano un acordeón de 24 bajos, pero él la agarró una vez y dijo: ‘no, esto no es para mí’. Quedó tirada ahí arriba del sofá. Un día entré al comedor, la vi y era como que me iba atrayendo… la calcé y empecé a tocar. No me preguntes cómo, porque hasta el día de hoy nunca supe por qué empecé a tocar, y empezaron a aparecer los temas”, recordaba entre risas en video publicado por la UNER.
Aquella curiosidad espontánea fue el inicio de una vida entera dedicada a la música. El acordeón se convirtió en su compañero inseparable, el instrumento con el que recorrió escenarios, acompañó encuentros comunitarios y tejió vínculos humanos y culturales que hoy forman parte de la memoria viva de Larroque.
“Si tengo que citar momentos —decía— uno fue cuando nos juntamos los 158, en el año del reconocimiento en Cosquín. El salón de teatro estaba colmado y el pueblo me regaló un acordeón. Por eso te digo: cada instante que estoy con el acordeón, arriba o abajo del escenario, es una experiencia más”.


Su vínculo con el teatro también fue parte esencial de su historia. “Vino una vez Lito Cruz con Rubén Stella a presentar Guayaquil y le llamaba la atención el lleno total y el silencio absoluto. Yo le dije: ‘¿sabés qué pasa, Lito? Acá el 90% de la gente que vino a verte pisó el escenario alguna vez’. Ya sea haciendo una obrita con el padre Paoli o yendo al teatro con él. El padre Paoli nos metió en la parte cultural, nos enseñó un montón de cosas. De ahí seguimos arriba del escenario, con el teatro o con la música”.
Ese espíritu de participación, de contagio artístico, fue su gran escuela. “En esa época vos agarrabas a cualquier chico y cantaba. Tenías la obligación de mostrarlo, porque era digno de estar arriba del escenario. Era un contagio continuo. El más chico decía: ‘si él está arriba, yo también quiero estar arriba’”.
Con su natural sentido del humor, “Gordo” también compartía anécdotas personales, como aquella del día de su casamiento:
“Me casé con una mendocina y arreglamos todo con el cura, el padre Jorge Leiva, junto con Rubén Melchiori. Ella no es muy amante de la marcha nupcial, así que le dije que el padre se iba a encargar de la música. Cuando llegó a la iglesia, del brazo de Roberto Romani, escuchó un acordeón… y era yo que la estaba esperando, tocando la marcha nupcial con el acordeón”, contaba entre carcajadas.
“Gordo” Elena fue, y sigue siendo, parte del alma cultural de Larroque: músico, maestro, gestor, soñador. En su acordeón no solo había notas: había historias, encuentros y una manera de entender la vida desde la emoción y la cercanía con la gente.







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Escribe: Franco Lizarzuay.




















