
Luz Verde volvió a brillar: dos noches inolvidables para varias generaciones
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Fotos de Silvina González
Volvió a encenderse Luz Verde, con dos funciones que colmaron el salón comercial de calle Rocamora, donde cada asiento parecía guardar historias de bailes, festivales y celebraciones pasadas. Nadie quería perderse esta cita que marcaba el reencuentro con la agrupación que durante tantos años, formó parte de la banda sonora de sus vidas, pero lo limitado del lugar dejó con ganas a varias personas que esperan una tercera noche y por que no, lo que se rumorea, será un baile para dar respuesta a una convocatoria que seguro será masiva.
La velada comenzó con la presentación del locutor Panchi Cosso, quien con su carisma habitual supo preparar al público para la magia que estaba por desplegarse sobre el escenario. Y entonces, Luz Verde apareció con sus acordes de siempre, que sacudieron el polvo de los años y desatando aplausos, gritos y una emoción contenida que estalló de inmediato.
Entre los músicos estaban varios de sus fundadores: Carlos y Sergio González, Claudio Ronconi, Ricardo Fiorotto y Gustavo Taffarel, junto a Tito Olivera, quien si bien no formó parte del grupo original, fue una voz emblemática en formaciones posteriores. A ellos se sumó la talentosa Belén Benedetti, quien aportó su energía y su voz en la última etapa de Luz Verde. En el sonido, espiritualmente estaba Daniel Germano, pero fisicamente fue Elvio Fiorotto el que le dio más brillo al mpitico retorno. 


Cada canción fue un viaje en el tiempo: los clásicos de siempre resonaban con la fuerza de la memoria colectiva, mientras los más jóvenes del público descubrían la riqueza de un legado que atraviesa generaciones. No faltaron momentos de emoción contenida, aplausos y lágrimas de quienes revivían momentos que marcaron su juventud.
La primera y segunda noche se convirtieron en un verdadero homenaje a la trayectoria de Luz Verde, a su música y a la comunidad que siempre los sostuvo. Para muchos fue un reencuentro con sus historias de vida y con la propia historia de Larroque: de fiestas en clubes, de reuniones familiares, de amigos compartiendo canciones que se volvieron eternas.
Al finalizar cada función, el aplauso colectivo fue tan prolongado como sentido, un gesto que no solo celebraba la música, sino también la emoción de la presencia, la memoria compartida y la ojalá, la nueva vigencia de una banda que sigue siendo parte fundamental de la identidad de la ciudad.







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Escribe: Franco Lizarzuay.



















